domingo, 29 de julio de 2018

Profecías auto cumplidas FMI para Venezuela 2018

martes, 10 de julio de 2018

Francisco de Miranda, Hijo de Canario, comerciante como Páez 2018

El espía que traicionó a España

6 julio, 2018

 

El espía que traicionó a España y batalló con Simón Bolívar por la independencia de Venezuela

 

Por Manuel Villatoro-ABC, España

Espía, mentiroso y precursor de la independencia de América Latina. Las formas de definir a Francisco de Miranda son equiparables a la ingente cantidad de peripecias que vivió a lo largo de su extensa vida. Con todo, si hubiera que resumir su existencia habría que decir que fue un español nacido en el Nuevo Mundo que no dudó en combatir a las órdenes de Carlos III convencido de la bondad de la Corona. Así, hasta que se cambió de bando y luchó contra España en favor de la emancipación de las colonias americanas. Una decisión que le granjeó llegar a Venezuela como un héroe y ser nombrado general de su Primera República. Sin embargo, hablar de él también es hacerlo de sus últimos años, los más trágicos. Y es que, tras firmar un armisticio con los españoles como líder del nuevo país, fue traicionado por su viejo amigo Simón Bolívar, entregado a Fernando VII por los venezolanos que tanto le habían amado y, finalmente, murió en una prisión ubicada en Cádiz.

 

La historia de Francisco de Miranda (más conocido como «El precursor» por ser uno de los primeros que pensó en la existencia de una gran Colombia unida) vuelve a estar estos días de moda debido a que, el pasado 14 de julio, se celebró el bicentenario de su muerte. Una fecha que la Casa de América de Madrid ha querido conmemorar con una exposición dedicada a su vida (todavía visitable) y una conferencia celebrada la semana pasada en la que participaron Manuel Lucena Giraldo (historiador, agregado de educación en la embajada de España en Colombia y autor de «Francisco de Miranda: la aventura de la política») y Juan Carlos Chirinos (escritor venezolano y autor de «Miranda, el nómada sentimental»).

 

Infancia

 

Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez. Con este nombre nació el 28 de marzo de 1750 en Caracas el «primer criollo universal», como posteriormente sería conocido nuestro protagonista. Su padres fueron Sebastián de Miranda Ravelo, un canario llegado desde la Península que acabó siendo propietario de varios comercios en el Nuevo Mundo, y Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza, natural de la misma región en la que nació su retoño. Miranda, de una familia de clase acomodada para la época (su progenitor llegó a contar con hasta siete esclavos) fue alumbrado en una ciudad que, por entonces, no superaba los 12.000 habitantes. Algo que no le impidió recibir una educación de calidad para la época. «En 1762 inició estudios de latinidad de menores y más tarde artes (bachillerato) en la Universidad de Caracas», explica la Fundación Polar en el «Diccionario de Historia de Venezuela».

 

Por desgracia para Miranda, si por algo se destacó su infancia fue por un triste recuerdo: el de ver como su padre recibía constantes críticas de un grupo de aristócratas que consideraban que, por su baja cuna, no debía ser capitán de las Milicias de Blancos de Caracas. «Los mantuanos […] cargaban contra su padre por ser este comerciante. Ocupación que, según ellos, lo inhabilitaba para desempeñar el cargo», se explica en la obra. Con todo, al final este disgusto no llegó a más debido a que, carta del rey español mediante, se dio orden a todos aquellos que le cuestionaban de que depusieran su conducta bajo pena de «privación de empleo» y otras cosas peores. Después de algunos años su suerte cambió, pues -carta va, permiso viene- «El precursor» se embarcó el 25 de enero de 1771 (cuando sumaba 21 primaveras) en dirección a Cádiz con el objetivo de entrar en el ejército de Su Majestad Carlos III.

 

A las órdenes de la Corona

 

Después de un mes, un Miranda ávido de combatir al servicio de la monarquía española arribó a Cádiz con -según afirma el autor Fermín Goñi en su obra «Los sueños del libertador»- nada menos que 1.000 kilos de cacao, el principal cultivo de su Venezuela natal y uno de las fuentes de la riqueza de su familia. ¿Por qué llevar esa gigantesca cantidad de cacao? Goñi nos ofrece la respuesta: «Los mil kilos viajaron con él desde Caracas porque don Sebastián [su padre] estimó que esa era la mejor manera de colocar un importante numerario en España sin pagar comisiones a intermediarios, una ruina para los comerciantes de la época que traficaban entre ambos lados del océano». La jugada fue perfecta, pues nuestro protagonista se hizo con un pellizco de oro y pudo adquirir algún que otro capricho. «Lo primero que hizo Miranda en Cádiz fue comprar ropa para ir arreglado a Madrid», determina Chirinos en la conferencia de la Casa de América.

 

Dos semanas después Miranda llegó a la capital. Madrid fue para él todo un descubrimiento a nivel cultural. Deseoso de no perder ni un segundo, adquirió varios libros con los que poder aprender más sobre la historia de España (muchos de ellos, prohibidos por la Inquisición). «En Madrid se dedicó al estudio de de las matemáticas, de los idiomas francés e inglés y de la geografía», señala la Fundación Polar en su obra. Libro de estrategia militar para arriba, manual político para abajo, el venezolano obtuvo en 1772 un certificado que acreditaba su pureza de sangre. Es decir, que no era ni judío, ni musulmán. Ese papel le permitía entrar en el ejército, así que compró -a cambio de 85 mil reales– una patente para entrar como capitán en el Regimiento de la Princesa. Todo ello, sin necesidad de haberse formado antes como militar en ninguna academia o haber disparado un fusil antes.

Así quedó sobre blanco su compra frente a un notario de la época: «Ante mí, el escribano de provincia, y testigo don Juan Gaspar de Thurriegel, residente en ella, se dijo: que en el día 20 de abril del año pasado de 1771, por don Francisco de Miranda como principal […] se otorgó escritura de obligación ante […] el escribano de provincia, obligándose a pagar al otorgante 85.000 reales, en que se convirtieron por razón de la patente de capitán, que éste benefició a favor de don Francisco de Miranda».

 

Su sueño se acababa de cumplir, pero Miranda pronto entendió que no todo es batallar y que la vida cuartelera -la más habitual en tiempos de paz- era mucho más aburrida de lo que se había imaginado. Por ello, intentó solicitar un cambio de destino e, incluso, pidió acudir al Nuevo Mundo, pero todo fue rechazado. Su suerte cambió en 1774 cuando, por obra y gracia de Su Majestad, su regimiento partió hacia Melilla para defender el enclave de los ataques marroquíes que, según se creía, iban a sucederse de forma próxima. La información no era mala, pues en diciembre -mientras nuestro protagonista clamaba al cielo por entrar en batalla- el sultán sitió la zona y Francisco pudo poner a prueba sus capacidades militares. Tras salir vivo de allí, después de tres meses de bombazos continuos, participó también en la expedición española contra Argel de 1775 (uno de los mayores fracasos militares de nuestro ejército).

 

Por España

 

Después de aquel desastre, y tras volver a España, Miranda estuvo dando saltos entre la Península y Melilla. En estos años conoció, además, a dos personas que -tras convertirse en grandes amigos- serían de gran importancia en su vida: el militar Juan Manuel Cajigal y el comerciante inglés Jhon Tumbull. En 1780 se embarcó en una expedición hacia La Habana y, un año después, participó en una de las operaciones más importantes de España durante el S.XVIII en América: la toma de Pensacola. Un enclave costero de gran importancia defendido por los ingleses. Los mismos «british» que andaban a la gresca después de que los americanos (futuros estadounidenses) se hubiesen levantado en armas contra ellos. El puesto, por cierto, lo logró gracias a la mediación del entonces general Cajigal (por enchufe, que diríamos en la actualidad).

 

«Su conducta en la toma de Pensacola en mayo le valió ser ascendido a teniente coronel. Esta acción bélica, enmarcada en la guerra que España y Francia sostenían contra Inglaterra en el Caribe y en América del Norte para apoyar la independencia de los EE.UU., contribuyó a fortalecer la posición de los patriotas americanos», se añade en el «Diccionario de historia de Venezuela». Es decir, que por entonces Miranda ayudó a fortalecer las posiciones de los enclaves americanos que apoyaban el permanecer regidos bajo bandera española. Algo curioso si consideramos que, tan solo unos años después, estaría combatiendo contra ese bando. Aunque para eso todavía le faltaba tiempo, así como muchas peripecias que vivir.

 

De espía a fugitivo

Tras la toma de Pensacola la carrera de Miranda se vio impulsada por Cagigal, quien fue nombrado gobernador de Cuba por las gónadas que le había puesto al luchar contra los «british». Así fue como, en 1781, su amigo envió a nuestro protagonista en dirección a Jamaica (una de las últimas ciudades de importancia bajo mando inglés en el Caribe) para organizar un intercambio de prisioneros. Más concretamente, de unos 800 partidarios de España, por un número similar de anglosajones. Al menos, esa fue la excusa oficial. La realidad era que Francisco fue elegido para ejercer de espíaal servicio de Su Majestad y su objetivo verdadero era, por un lado, elaborar un mapa de la región y, por otro, descubrir cuáles eran y donde se encontraban las defensas de sus enemigos. A pesar de que su labor como agente fue impecable, mientras Miranda andaba en tierras jamaicanas empezaron a llegar desde Madrid una serie de denuncias contra él.

 

Y es que, en los siguientes meses se acusó a Miranda de dos traiciones contra España que, a su vez, se sumaron a un juicio que la Inquisición había iniciado contra él tres años antes por leer libros prohibidos. «Tuvo que enfrentarse a todo tipo de intrigas y denuncias. Le acusaron de que, en junio de 1781, permitió visitar las fortificaciones de La Habana al general inglés Campbell», se explica en la obra. A su vez, se le imputó intentar introducir en Cuba una serie de mercancías de forma ilegal. Es decir, ser un contrabandista. Algo infundado ya que había obtenido permiso para vender esos productos como recompensa por sus servicios. Sin embargo, parece que las autoridades españolas no opinaron lo mismo y se las confiscaron. Posteriormente se ordenó su arresto a pesar de los servicios prestados al rey.

 

¿Qué hizo entonces? Salir navegando -con ayuda de Cagigal- a todo trapo hacia los Estados Unidos allá por julio de 1783. «Se vio envuelto en una trama de corrupción y, antes de afrontar un juicio, escapó y desertó. Lo irónico es que las ultimas investigaciones afirman que, de acuerdo con el juicio, muchos años después fue absuelto de los cargos de corrupción. ¿Entonces por qué desertó? Porque sabía que tenía difícil defenderse. Se vio obligado a huir porque sabía que había unos manejos de dinero difíciles de justificar. Fue un ilustrado selecto en términos de lecturas y supo inmediatamente que en la trama había una serie de pruebas que podían ser discutibles y quitarle la razón» explica, en declaraciones a ABC, el historiador Manuel Lucena Giraldo. Su objetivo no era otro que evitar la justicia del mismo rey al que había servido con total determinación.

 

Miranda el viajero

 

En Estados Unidos, Miranda se dedicó a cultivar su mente, a viajar por el continente y a estudiar (tanto idiomas, como manuales militares y políticos). Sin embargo, en aquellas tierras también se ganó el título de enemigo número uno de España. Y es que, en el país por el que había combatido años y años ya era considerado un traidor y un desertor. Al otro lado del charco, además, se hizo un firme defensor de la revolución política ideada por los norteamericanos y se propuso llevarla (con las salvedades oportunas) hasta Hispanoamérica. Algo que le granjeó (si cabe) todavía más enemigos.

 

Estuvo en el Nuevo Mundo (ya no tan nuevo, por cierto) hasta las navidades de 1784, cuando decidió partir a Europa. Su destino, más concretamente, fue Inglaterra. Esto levantó las sospechas de la corte española, desde donde se llegó a la conclusión de que la finalidad de su antiguo espía era vender los secretos rojigualdos que conocía a los británicos. Lo cierto es que el rey estaba bastante equivocado, pues el verdadero objetivo de Miranda era seguir aumentando su cultura en un país que era considerado la cuna de las artes y las ciencias y, llegado el caso, favorecer la independencia de la tierra que le había visto nacer. A primeros de febrero del año siguiente llegó a Londres, donde comenzó de nuevo su aventura en las viejas ciudades continentales.

 

Desde su llegada a las islas, se esforzó por convencer a personalidades con influencia de que le ayudaran a combatir el imperialismo existente en Hispanoamérica, algo para lo que -según dijo en sus diarios- se había estado preparando desde hacía años: «Con este propio designio he cultivado de antemano con esmero los principales idiomas de la Europa que fueron la profesión en que desde mis tiernos años me colocó la suerte y mi nacimiento. Todos estos principios (que aún no son otra cosa), toda esta simiente, que no con pequeño afán y gastos se ha estado sembrando en mi entendimiento por espacio de 30 años que tengo de edad, quedaría desde luego sin fruto ni provecho por falta de cultura a tiempo».

 

En Londres, Miranda le puso arrestos y envió una carta a Carlos III solicitándole que le permitiera licenciarse del ejército. La misiva solo caldeó más el ambiente con España, pues fue acompañada de unas pretensiones exageradas: «A Vuestra Majestad humildemente suplico se digne a exonerarme del empleo y rango que por su Real bondad gozo en el ejército; de todo lo cual puesto a sus Reales pies, hago dejación formal por la presente. […]. También apreciaría, que (siendo del mayor agrado de Vuestra Majestad) se me permitiese el beneficiar, o reembolsar, la cantidad de ocho mil pesos fuertes que me costó el empleo de Capitán, con que comencé a servir en el Ejército, a fin de reparar algo los graves quebrantos que se me han ocasionado últimamente […]; igualmente que toda la serie de mis sueldos anteriores».

 

Con los agentes españoles ávidos de darle caza por traidor, Miranda tuvo el honor de ser invitado a asistir a las maniobras del ejército prusiano de Federico II gracias a sus contactos políticos. Sin dudarlo, inició el trayecto que le llevarías hasta Prusia el 13 de agosto de 1785. Para entonces era ya un personaje odiado en la Península y un nómada sin más patria que su querida Hispanoamérica. Quizá fue por eso por lo que decidió conocer mundo y, tras ver a los militares marchar, empezó un gigantesco viaje que le llevó a los lugares más recónditos de la vieja Europa. «Miranda tuvo una etapa muy viajera. Hay quien habla de él como el primer cosmopolita. No en vano estuvo en Rusia, cerca de Catalina la Grande, antes de regresar a Londres», añade el experto español a ABC.

 

Este brutal viaje por Europa duró cuatro años (de 1785 a 1789) y le llevó por una extensa lista de capitales europeas. «Visitó parte de Holanda, Prusia, casi toda Italia y Grecia. Pasó al Asia Menor y al Imperio Turco (Constantinopla) y, antes de fines de 1786, se encontraba en Rusia. En Kiev, el 14 de febrero de 1787, fue presentado a Catalina, que hizo de él uno de sus predilectos y le autorizó a usar el uniforme del ejército ruso. Visitó Moscú, y San Petesburgo y obtuvo cartas de presentación para los diplomáticos rusos en Viena, París, Londres, La Haya, Copenhague, Estocolmo, Berlín y Nápoles. Pasó por Finlandia y llegó a Estocolmo. Viajó por Hamburgo, Bremen y Holanda. Fue luego a Bélgica, Alemania, Suiza y el norte de Italia. De Ginebra fue a Lyon y Marsella. Salió para el centro y el norte de Francia, hasta París, y regresó a Inglaterra el 18 de junio», determina la Fundación Polar en su obra.

 

El general francés

 

Cuatro años de viaje no cambiaron ni un ápice sus ideas. Todo lo contrario. Le convencieron de que su amada Hispanoamérica debía ganar por las armas la independencia. Así que, una vez más, inició una campaña para buscar apoyos militares en Inglaterra con los que enfrentarse a los poderes españoles del Caribe. Pero los hijos de la Gran Bretaña demostraron en los siguiente meses no estar por la labor de querer ayudarle. Como a nuestro protagonista no le faltaba espíritu viajero, hizo el petate de nuevo (efectivamente, otra vez más) y se dirió a Francia, donde la revolución había calado hondo y se respiraban vientos de cambio. Pisó «La France» en 1792 y, en apenas un mes, su carácter abierto y su conocimiento del idioma le hicieron ganarse multitud de amigos en las altas esferas e, incluso, un puesto como militar. No se le debió dar mal el empleo de las armas gabachas, pues pronto fue ascendido a Mariscal de Campo del Ejército Revolucionario.

 

Como Mariscal (un grado increíblemente importante en tierras galas) Miranda combatió a las órdenes del general Dumouriez. En esta etapa de su vida demostró que no le faltaban conocimientos en lo que se refiere a guerras europeas, pues logró vencer a los ejércitos prusiano y austríaco (que habían tomado las armas para combatir la revolución gabacha en nombre de las monarquías europeas) en la batalla de Valmy. Esta contienda fue de gran importancia táctica pues, de haber sido derrotado nuestro protagonista, las potencias exteriores podrían haber pisado el centro de Francia y haber vuelto a instaurar a los reyes destronados en su poltrona. Posteriormente, en Holanda, logró tomar las ciudades de Amberes y Roermond.

 

Miranda había llegado muy alto (militarmente hablando), y lo había hecho en un ejército revolucionario y contrario, por entonces, a las ideas de España. En aquellos años todo parecía sucederse de forma inmejorable para él, pero la situación cambió cuando su superior, Dumoirez, le acusó de traicionar a Francia y ayudar a los enemigos a vencer al ejército revolucionario en dos batallas de suma importancia. Una acusación, como bien se explica en el «Diccionario de historia de Venezuela», que fue totalmente falsa y usada simplemente para desviar la atención de su persona. ¿La razón? Que el general galo quería pasarse al bando Austríaco sin ser atrapado. Fuera como fuese, los galos no andaban para sospechas, por lo que llamaron a declarar a nuestro protagonista para aclarar el suceso allá por el 28 de marzo de 1793.

 

Aunque aquel día fue absuelto, sus desgracias no habían hecho más que empezar. Y es que, durante las luchas internas entre los jacobinos y los girondinos (los dos bandos revolucionarios que querían hacerse con el poder dejado por la monarquía absoluta) fue capturado y metido en prisión durante dos años. «La revolución le pilló en París. Como era un general girondino fue apresado por los jacobinos. No le cortaron el cuello de milagro. Estuvo a punto de ser ejecutado en el verano del terror», añade el historiador español a ABC. Finalmente, tras 24 meses en prisión, logró convencer a un jurado de que era inocente de las tropelías de las que se le acusaban y conseguir la libertad. Una vez en la calle, y sin cargos, Miranda decidió que lo mejor era abandonar Francia (no le habían gustado demasiado las rejas, según parece) y marcharse de nuevo a Londres, donde -aunque nunca le habían hecho demasiado caso en lo que se refiere a la independencia- no le ponían tras unas rejas.

 

La invasión fallida

 

Francisco de Miranda se pasó los siguientes años de su vida tratando de cosechar apoyos para liberar, de una vez y por las bravas, Hispanoamérica de los españoles. Así continuó hasta que, con la llegada de Napoleón al poder, decidió que era el momento de actuar. Al fin y al cabo, el «Pequeño corso» había causado el suficiente revuelo en Europa como para que todos los continentes estuviesen pendientes de él y no diesen importancia a los movimientos revolucionarios de un espía traidor. Con esas ideas en su mente partió desde Europa y logró llegar hasta Estados Unidos en 1805. Una vez en la capital, estableció que lo mejor era dejarse de intermediarios y entrevistarse directamente con el presidente Thomas Jefferson. Este aceptó verle en la Casa Blanca, edificada apenas unos años antes, el día 2 de septiembre de 1805. ¿Qué diantres buscaba Miranda hablando con el mandamás norteamericano? Lo que quiere todo el mundo: dinero. En este caso, para financiar una expedición que estaba organizando para desembarcar en algún punto de centroamérica y empezar a emanciparla por las armas.

 

Aunque no logró llenar su cartera con dinero estadounidense, sí recibió el beneplácito de los EE.UU. para iniciar las operaciones militares. A su vez, Jefferson le explicó que, atendiendo a los primeros resultados, se plantearía si colaborar o no con él. Un mensaje parecido recibió de los ingleses, los cuales le instaron a tener algún éxito militar para enviarle ayuda. Al final, carta de apoyo por aquí, palmadita en la espalda por allá, Miranda consideró que los ánimos estaban lo bastante caldeados como para que un suceso puntual pudiese desencadenar una gigantesca reacción internacional, así que se puso manos a la obra para llevar una expedición armada a Hispanoamérica. «Miranda, con la ayuda de algunos amigos, logró armar al bergantín "Leander" y zarpó de Nueva York hacia Jacmel (Haití) el 2 de febrero de 1806», se explica en la obra venezolana. A su mando, 200 hombres a los que únicamente se les dijo que se iba a atacar a España en algún punto de la costa. En el mástil, la bandera de Colombia (el nombre de la tierra latina unificada que Miranda había imaginado en sus sueños).

 

Los primeros días de la expedición fueron dedicados al entrenamiento en alta mar. Tanto en el cañoneo de otros buques, como en el uso de armas cortas (todas ellas, de segunda mando y compradas a precio de oro). Tiro a tiro fueron pasando las jornadas hasta que, el día 12 de marzo, comenzaron los preparativos «de verdad» para iniciar la invasión. «El 12 de marzo de 1806 en el mástil del "Leander" ondeaba al viento, por vez primera, la bandera de la Nueva Patria, ideada por Miranda "con los tres colores primarios del arco iris", amarillo, azul y rojo. Se disparó una salva de cañonazos y se hicieron votos por el triunfo de la libertad de América del Sur», explican Manuel Pérez Vila y Josefina Rodríguez de Alonso en la cronología que hacen dentro de la obra «América espera» (escrita por el propio Miranda). Poco antes se habían unido al «Leander» las goletas «Bee» y «Bacchus», con lo que ya se contaban en tres los navíos implicados en la expedición militar.

 

Al final, tras muchos preparativos, Miranda ordenó a su pequeña flota atacar el puerto de Ocumare, en Venezuela, el 28 de abril de 1806. Así fue como, viento en popa y con la bandera tricolor ondeando al viento, los tres buques de nuestro protagonista se dispusieron a enfrentarse a las baterías que defendían la zona (las de Puerto Cabello) y a cualquier bajel rojigualdo que enarbolara la insignia española. Para su desgracia, los navíos que defendían la playa eran el «Argos» y «El Celoso», los cuales superaban ampliamente la potencia de fuego de la expedición revolucionaria. El combate duró poco. Francisco ordenó cañonear a sus enemigos, pero no sirvió de nada. Por el contrario, los hispanos devolvieron el fuego y obligaron a los tres navíos a dispersarse. Todo terminó con las goletas «Bee» y «Bacchus» apresadas y el «Leander» saliendo a toda vela para evitar ser aniquilado. Además, los bajeles de la Corona lograron hacer 60 prisioneros. Diez de los cuales fueron ahorcados al mes siguiente.

 

Así explicó el fraile y escriba Juan Antonio Navarrete (contemporáneo de Miranda) lo que sucedió con los prisioneros y la gran derrota de Miranda: «Por los meses de febrero y marzo se han puesto en armas todas las tropas por todas las bocas y puertos de las costas de Caracas, por las invasiones y amenazas del enemigo. […]. Un tal Don Francisco Miranda, patricio de Caracas, anda fomentando la sublevación. Y tiene inquieta la provincia por el mar y se hacen diligencias para apresarlo. […] Por el mes de julio, día 11, se hizo en Puerto Cabello justicia de diez reos, entre otros varios, que se cogieron en una goleta que acompañaban al citado Miranda […] y venían a hacerse dueños con él del gobierno y pueblos. Se les cogieron entre el barco las banderas, armas, papeles, patentes de nombramiento en oficios y empleos de la provincia, que ya daba Miranda supuesto por suyo todo. Pero todo se quemó por mano del verdugo en público cadalso en la plaza de la ciudad de Caracas el día 4 de agosto, día de Nuestro Padre Santo Domingo, entre nueve y diez de la mañana, con acta solamente de justicia y tropas».

 

Con el amargo sabor de la derrota en el paladar, Miranda reorganizó sus fuerzas y reclutó hombres en las siguientes semanas para volver a lanzarse contra los españoles y a sus partidarios (los llamados realistas) en Venezuela. En agosto ya se consideró preparado de nuevo y se decidió a atacar el puerto de La Vela de Coro el día 3. En este caso sus «gañanes» y «rufianes» sin «ninguna experiencia militar» (como bien se explica en la exposición de la Casa de América) lograron desembarcar y conquistar la ciudad de Coro. «Allí se izó el pabellón de la patria naciente pero muchos habitantes, evitando comprometerse, prefirieron huir de la ciudad, que fue evacuada por las tropas realistas», se añade en la obra venezolana. La situación no podía ser mejor. Sin embargo, al carecer de apoyo popular y de refuerzos, nuestro protagonista tuvo que recoger sus pertrechos y huir antes de que el enemigo se reorganizase. Finalmente, «El precursor» vendió o se deshizo de todo aquello que quedaba de aquella desastrosa expedición y volvió a Inglaterra, tierra que pisó el 31 de diciembre de 1807.

 

Hacia la verdadera independencia

 

Una vez en Inglaterra, Miranda -siempre inquieto- aceptó colaborar en una nueva expedición formada por el gobierno británico para liberar a los pueblos americanos bajo dominio español. Sin embargo, este viaje se vio frustrado cuando Napoleón Bonaparte invadió España. Y es que, a pesar del odio eterno que se habían profesado la corona británica y la española, los «lords» decidieron que era mejor desplazar la armada que iba a invadir el Caribe hacia Portugal para apoyar a sus antiguos enemigos hispanos. No por bondad, desde luego, sino por contener el avance militar del «Pequeño corso» por Europa. Sin apoyo «british», y desesperado por favorecer la sublevación de Hispanoamérica (principalmente Venezuela, su tierra natal), «El precursor» comenzó a enviar cartas a Caracas instando a sus gobernantes a levantarse en armas contra Carlos IV, quien había perdido todo su poder.

 

Venezuela respondió a sus misivas enviando hasta Londres una serie de comisionados entre los que destacaba un jovencísimo Simón Bolívar (de apenas 25 años). «En julio de 1810 llegaron a Londres los comisionados de la Junta Suprema de Gobierno de Caracas, Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello. Había sido iniciado el proceso para la separación de España de las provincias de Venezuela desde el 19 de abril. En Londres, Miranda se convirtió en el consejero, el introductor y compañero de los comisionados, les recibió en su casa, les acompañó en sus visitas a personalidades e instituciones…», determina la Fundación Polar en su obra. Al final, tras muchos años, nuestro protagonista veía -cada vez más cerca- la emancipación de una de las regiones de Latinoamérica. Esta vez, de verdad.

 

Con todo, Miranda nunca favoreció la revolución de las clases bajas contra la Corona española, sino que abogó porque la independencia de Hispanoamérica fuese protagonizada por nativos de clase alta. «Nunca fue un revolucionario social ni estuvo dentro de su agenda promover el desorden social. Sus ideas se limitaron meramente a una revolución política», explica el profesor Lucena en declaraciones a ABC.

 

¿Cómo es posible que una región tan pequeña como Venezuela fuera la primera en querer independizarse de España? La respuesta nos la da el profesor Lucena: «Las revoluciones empezaron allí porque Venezuela era una productora de cacao. Y si el cacao se pudría en los almacenes, había peligro de una revolución étnica. Los españoles americanos patricios organizaron juntas autonomistas para evitar los peligros de la disolución política que se había generado con la invasión napoleónica. El escenario era el siguiente: si Napoleón tomaba Cádiz, la América española sería parte del Imperio Napoleónico. Así no iban a vender cacao porque los ingleses eran los dueños del mar y estaban en guerra con los franceses. Si esto se sucedía, les iban a cortar el cuello a los blancos, que dominaban la zona. Tenían que hacer algo».

 

La emancipación de Venezuela

 

Animado por el séquito que fue a visitarle a Londres, Miranda se embarcó hacia Venezuela el 10 de octubre de 1810 con la misión de colaborar en el proceso de independencia. Llegó a La Guaira exactamente dos meses después y, para su sorpresa, fue recibido entre vítores y aplausos. Nada que ver con el recibimiento por las armas que le habían hecho a él y a sus hombres unos pocos años antes. La «Gazeta de Caracas», por ejemplo, dio la bienvenida en sus páginas «al hombre que había olvidado su patria, pese a las distinciones que se habían acumulado sobre él». El mismo espía y militar que no había pisado la región en casi 40 años. Los meses siguientes fueron de suma importancia para «El precursor» pues -a pesar de que en principio solo acudía como consejero- fue nombrado diputado del Congreso Constituyente encargado de decidir el devenir del país.

 

Durante las semanas siguientes, Miranda luchó (políticamente hablando) porque Venezuela se emancipase de forma oficial de España. Al final, sus sueños se materializaron cuando se proclamó la Primera República de Venezuela y se firmó, en julio de 1811, el «Acta de Independencia» de la región. Con estas palabras comenzó aquel informe: «En el nombre de Dios Todopoderoso, nosotros, los representantes de las Provincias Unidas de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida y Trujillo, que forman la Confederación americana de Venezuela en el continente meridional, reunidos en Congreso, y considerando la plena y absoluta posesión de nuestros derechos, […] queremos, antes de usar de los derechos de que nos tuvo privados la fuerza, por más de tres siglos, y nos ha restituido el orden político de los acontecimientos humanos, patentizar al universo las razones que han emanado de estos mismos acontecimientos y autorizan el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía».

 

A las armas de nuevo

 

La independencia supo a gloria a Miranda. Su sueño se había cumplido a pesar de que había tenido que esperar bastante tiempo para ello. Sin embargo, el buen sabor de boca se le agrió cuando se le informó de que no contaban con él a nivel político para ocupar uno de los cargos determinantes del nuevo gobierno. De hecho, tuvo que esperar hasta 1811 -cuando la población realista (la partidaria de Fernando VII) se alzó en armas contra la independencia- para obtener un puesto acorde a su experiencia. «En julio de 1811 los realistas de la ciudad de Valencia [en Carabobo] se levantaron contra la independencia y el Ejecutivo designó a Miranda Jefe del Ejército», explica el dossier venezolano.

 

Es decir, que Miranda fue -a sus 61 primaveras- nombrado comandante y se le dio la orden de acabar con los realistas que tantos problemas estaban dando. «Fue el general de los ejércitos de Venezuela siendo un anciano. Tenía 60 años, que son como 120 de ahora. Aunque es en cierto modo lógico porque, si hay una profesión que reconocerle, además de lector, conspirador y espía, es la de militar. El problema que se encontró es que estaba acostumbrado a las guerras de Europa, en las que combatían unos soldaditos uniformados frente a otros, y no al tipo de lucha que se hacía en América. Al final su formación militar no sirvió para nada», explica, en declaraciones a ABC, Lucena. A pesar de ello, el combatir contra civiles y rebeldes hizo que no tuviera problemas en sofocar las primeras revueltas que se sucedieron en Valencia.

 

Una amenaza renovada

 

Mientras Miranda luchaba espada en mano para acabar con las poblaciones que combatían por Fernando VII, los realistas discurrieron un plan a sus espaldas en un intento desesperado de mantener bajo dominio español Venezuela. La operación fue ideado por Francisco Ceballos, gobernador de Coro (al norte del país) y partidario de Fernando VII. Este ordenó -allá por marzo de 1812- a uno de sus mejores capitanes de fragata (un canario de 38 años llamado Domingo de Monteverde) que partiera con un pequeño contingente hasta la población de Carora, a 150 kilómetros de la urbe, para apoyar una rebelión de realistas que pretendía arrebatar aquel bastión a los partidarios de la independencia. Su avance fue letal y, en menos de un mes, el español se hizo por las armas con la población junto a multitud de combatientes que se unieron a él durante el trayecto. Cuando los republicanos se dieron cuenta del movimiento ya era demasiado tarde. Aunque, a partir de ese momento, movilizaron a sus generales.

 

Tras la conquista de esta ciudad (y viendo lo fácil que había sido avanzar por territorio independentista) Monteverde se propuso conquistar Barquisimeto, una población cercana que se caracterizaba por ser uno de los principales bastiones del enemigo. Sabía que la misión era complicada, pero confiaba en que Dios le ayudara a acabar con aquellos traidores de España. Y, curiosamente, se podría decir que alguien escuchó sus plegarias. «En la tarde del 26 de marzo, jueves santo de 1812, el territorio venezolano fue sacudido por un terremoto de gran intensidad sísmica que causó enorme destrucción en Caracas y La Guaira, Barquisimeto, Mérida y otras poblaciones menores. Hubo un saldo de 15 a 20 mil muertos e incontables heridos, derrumbe de edificios, hasta pequeños ríos desplazados», explica David Bushnell en su obra «Simón Bolívar: hombre de Caracas, proyecto de América : una biografía».

 

El terremoto causó daños severos en la mayoría de plazas republicanas y, curiosamente, apenas dañó las regiones realistas. Por ello, muchos lo consideraron un castigo divino. Independientemente de la causa que lo motivó, lo cierto es que este sismo permitió a Monteverde tomar sin oposición Barquisimeto a principios de abril. Fue entonces cuando la Primera República de Venezuela tomó una medida desesperada para evitar que los españoles acabasen con sus sueños de independencia: dieron a Miranda poderes dictatoriales para que expulsara, fuera cual fuese el precio, a los partidarios de Fernando VII. No obstante, ni las órdenes de «El precursor» pudieron evitar que la capital, Valencia, cayera en manos de Monteverde.

 

En vista de que la derrota se cernía sobre Venezuela, «El precursor» actuó rápido. Uno de sus primeros actos oficiales fue nombrar a Simón Bolívar (entonces poco más que un oficial) defensor de su principal posición defensiva: el castillo de Puerto Cabello (un fuerte en el que se guardaba una buena parte de la pólvora republicana y se retenía a multitud de presos realistas). «Bolívar no era más que un joven endeudado de los valles de Caracas que, además, carecía de redes sociales. La gran figura era Miranda. Era el enemigo público de la monarquía española», explica Lucena. Él, por su parte, decidió que lo mejor era aguardar un poco y entrenar a sus combatientes. A su vez, ordenó medidas drásticas para aumentar sus fuerzas. «Miranda decretó un alistamiento general de hombres libres [que se hizo] extensible a los esclavos, ofreciéndoles la libertad a cambio de cuatro años de servicio», determina Bushnell.

 

Derrotado y traicionado

 

A pesar de estas nuevas medidas, Miranda no pudo sostener los combates contra los realistas debido a la fuerte crisis económica de la República, las fuerzas que se alzaron contra los independentistas, las movilizaciones de las clases bajas de nativos (contrarias a que el poder lo ostentasen aquellos que tenían el dinero) y los continuos ataques de Monteverde (los cuales terminaron por desmoralizar a sus tropas). A todo ello se sumó la grave derrota militar que los republicanos sufrieron en Puerto Cabello por culpa de la torpeza de Bolívar. Después de todo ello, nuestro protagonista decidió tomar medidas drásticas y pactar con los españoles la paz para evitar el colapso del estado. Este tratado se hizo patente el 25 de julio de 1812 y, como cabía esperar, causó gran controversia entre los contrarios a Fernando VII.

 

Tras aquella capitulación, considerada bochornosa por muchos de los oficiales a sus órdenes, las tensiones que ya existían contra Miranda se hicieron todavía más patentes y terminaron en un atentado contra su persona. «Durante la noche del 30 al 31 de julio, a las 3 a. m., un grupo de militares y civiles, entre los cuales se encuentran Bolívar y Miguel Peña, arrestaron a Miranda, a quien reprocharon la capitulación con Monteverde: "Bochinche, bochinche…" fue la exclamación del Precursor en el momento de ser detenido y encerrado en el castillo de San Carlos. Quienes participaron en la penosa confusión de estos acontecimientos podían estar movidos por diversos propósitos. Algunos, como era el caso de Bolívar, aspiraban a desconocer la capitulación y a proseguir la lucha, lo cual no resultó posible», se explica en el «Diccionario de historia de Venezuela».

 

Al igual que no habían servido de nada los años que combatió junto a la Corona española cuando Carlos III le declaró enemigo número uno del país, tampoco sirvió entonces que Miranda llevara años y años luchando por la independencia de Hispanoamérica. «Poco después de su arresto las avanzadas realistas al mando de Francisco Javier Cervériz, entraron en La Guaira y se apoderaron de Miranda, a quien encadenaron en las bóvedas. De allí fue enviado al castillo de San Felipe, en Puerto Cabello. A principios de 1813, desde la mazmorra porteña. […] El 4 de junio fue trasladado a la fortaleza de El Morro, en Puerto Rico y a fines de 1813, un bergantín español lo llevó preso a España. A principios de enero de 1814 estuvo encerrado en un calabozo del fuerte de las Cuatro Torres, en el arsenal de La Carraca, cerca de Cádiz. Aislado del mundo exterior, sólo recibió noticias y alguna pequeña ayuda de sus viejos amigos […] Asistido sólo por su criado Pedro José Morán murió, después de una larga agonía, en la madrugada del 14 de julio de 1816», se completa en el texto.ABC 

 

https://www.nodal.am/2018/07/el-espia-que-traiciono-a-espana/ 

Re: [Geo-Politic] (AC-Y) Primer tomo del Libro de las Memorias del General José Antonio Páez.

Hola Felipe, muy cierto lo que dices de Miranda. Bolívar le hizo creer a los demás oficiales y a la oligarquía mantuana a la cual pertenecía, que MIRANDA se estaba  además de rendirse a MONTEVERDE,  estaba  robando o llevándose as arcas con los recursos recibidos para seguir comprando armas. La verdad es que BOLÍVAR, PERDIÓ EL FUERTE DE PTO CABELLO, para pasar la noche con una chica en el pueblo. Dejó encargado al Capitán o teniente  creo de apellido VINONI  que no soportaba a Bolívar como su jefe caraqueño y mantuano. 

Miranda mando a BOLÍVAR a PUERTO CABELLO, porque era muy impulsivo y quería  dirigir a un viejo General, con  comprobados méritos militares reconocidos en el campo de batalla. Por eso esta en el ARCO DEL TRIUNFO EN PARÍS...

Es una  indigna y vulgar traición que no se recuerda, porque todo le salió bien  a Bolívar y MIRANDA no pudo contar su historia sino por terceros, cuadrados con Bolívar... Bolívar logró el salvoconducto, protegiendo su vida y su fue al caribe, a cambio de haber entregado a MIRANDA.......

El Castillo de Puerto cabello era la cabeza de playa por donde entraban todos los suministros que venían de las islas, francesas, holandesas  e inglesas. Estaba la pólvora, fusiles y pertrechos militares para hacerle frente a los españoles. LO PERDIÓ.  Luego hizo fusilar a los prisioneros que no lograron escapar que creo pasaban de 200.

Me interesa mucho tu análisis.

Cordial saludo

Félix.

El 8 de julio de 2018, 23:07, 'Abajo Cadenas' acp@abajocadenas.com [Geo-Politic] <Geo-Politic@gruposyahoo.com> escribió:
 

Es muy cierto en cuanto como la republica de Venezuela pago a los patriotas luego de finalizada la guerra, no había dinero y lo hizo entregándoles tierras para criar ganado, sembrar. Se cuentan muchas historias de que José Antonio Páez se vuelve un latifundista al comparar las tierras de aquellos que no les interesaba el campo, aunque en aquellos tiempos esa era la principal actividad para vivir.
Lo que no parecen recordar algunos historiadores que Páez vive en el exterior no de la supuesta riqueza que hizo en Venezuela, sino de la ayuda o mejor dicho del reconocimiento que le hizo el Perú y Argentina, otorgándole el rango de General para que pudiera recibir un pago por ello y de esa manera, modesta vivió los últimos años de su vida en NY.  
 
Algo parecido le ocurrió a Francisco de Miranda, articulo que pronto voy a compartir por este medio.
Quiero adelantar, que por muchos años presté mucha atención al relato de la historia en donde por medio de la traición entregan a Francisco de Miranda a los Españoles y luego de eso Bolívar y otros reciben salvo conducto para salir del país, España, cuando Bolívar fue un actor principal en la primer republica, siendo el comandante del fortín de puerto cabello, en donde iban detenido los españoles capturados y la mayoría de las armas de la republica. Los españoles detenidos logran tomar el castillo sin armas, luego Bolívar simplemente abandona a sus hombres y se va a la guaira en una goleta. Pocos tiempo después viene la capitulación ante los españoles, que no firmo Miranda, sino el congreso y supuestamente culpan a Miranda de la misma y lo entregan a los españoles, mediante un engaño o traicionándole. Lo que descubrí fue un hecho que no tiene lugar a dudas. Bolívar pertenecía a las familias mantuanas y por eso no podían aceptar que un hijo de un bodeguero canario o comerciante dirigiera la guerra por la independencia. La traición a Miranda fue porque la oligarquía a la cual pertenecía bolívar y la mayoría de los jefes patriotas. Para mi esa fue la principal razón de la entrega y que para España Miranda los había traicionado aunque había nacido en Venezuela.
Saludos,
 
Felipe
---------- Mensaje reenviado ----------
De: Felix Jelinek <jelinekv2@gmail.com>
Fecha: 7 de julio de 2018, 19:06
Muy bueno Felipe. Grave error y mucha ignorancia tratar de desacreditar a Páez.  La batalla de Carabobo la gano El. Los jefes realistas más sanguinarios les tienen pavor, porque era invencible con sus llaneros.
 
Morillo a su regreso a ESPAÑA, fue llamado por el REY para que rindiera cuenta de su fracaso en Venezuela, sobre todo en los llanos, y dicen los historiadores, que le dijo al REY: CON....  llaneros con sus lanzas y destreza( no recuerdo la cifra) le pongo a Europa a sus pies.
 
Un oficial realista  creo que  de nombre SEVERIS, se le permitió rendido en Angostura  siendo capitán salir por barco a Trinidad, cuando llegó a España, escribió un libro  "La verdad de un español en Venezuela, que peleó como asistente del general Morillo resume que los llaneros eran invencibles a todo, a los mosquitos, las enfermedades, casi no comían, eran flacos, bajos de estaturas, tomaban agua en cualquier lugar, jineteaban sin camisa, no les hacía mella el calor, mientras ellos sufrían de diarrea, paludismo, los mosquitos no los dejaban dormir en las llanuras de noche. Sus caballos eran muy lentos por lo papeado de la cabalgadura y el jinete. Sufiran de calor con los uniformes y sus marchas eran tediosas y pesadas por los pesados equipos de campaña  que cargaban...... Agrego que cuando le tocó enfrentar a la caballería de Páez  "los llamados Bravos de Apure",  reconoce en su libro que realmente eran bravos, valientes y aguerridos.
 
Creo que fue Sucre, después de la gran derrota final en Angostura, derrotados y rendidos los españoles, les permitió  a los oficiales mantener sus espadas y que se embarcaran en las flecheras que estaban en el muelle, para Trinidad. A los venezolanos los perdono y los invitó a regresar a sus terruños o enrolarse en las filas patriotas.   Por cierto Negro primero Pedro Camejo, estaba al lado del temible Boves. Cuando murió Boves en Urica y sin embargo ganaron la Batalla contra el general Bermudez y Zaraza, meses después Pedro Camejo cayó prisionero y se lo llevaron a Paez, quien queria conocerlo, por su fama de lanzero despiadado contra los patriotas. Se dice que le pregunto ¿Negro que te hace pelear  contra nosotros  y estas a favor de los españoles???? y contestó porque lo que gano en batalla  (el botín) es mio y de mas nadie...... Paez lo arengo, le habló sobre su equivocación, le perdonó la vida y le dijo: Negro lo quiero a mi lado en batalla a mi lado para ver si es verdad lo que cuentan de usted....

Me encanta la historia de Venezuela. Estudie a Páez cuando era más joven.... De ser un peón de hacienda, llegó a General en Jefe, hablar idiomas tocar piano y ser un anfitrión reconocido  por la oligarquía criolla. Sin duda tuvo haciendas. Los llaneros que recibieron tierras como parte de pago luego de la independencia, vendían sus tierras buscando dinero. Se las ofrecían a Paez y el compro muchas de ellas.  Por eso Chávez lo acusó de oligarca......
 
Saludos

Félix.
 
El 7 de julio de 2018, 12:53, Felix Jelinek <jelinekv2@gmail.com> escribió:
 
---------- Mensaje reenviado ----------
De: 'Abajo Cadenas Radio' acp@abajocadenas.com [abajocadenas] <abajocadenas@gruposyahoo.com>
Fecha: 6 de julio de 2018, 18:48
Asunto: (AC-Y) Primer tomo del Libro de las Memorias del General José Antonio Páez.
Para: abajocadenas@gruposyahoo.com



 

Primer tomo del Libro de las Memorias del General José Antonio Páez.

PROLOGO

Con homenaje digno de él despidieron los Estados Unidos, hace poco, los restos del que, sin más escuela que sus llanos, ni más disciplina que su voluntad, ni más ejército que su horda, ni más semejante que Bolívar, sacó a Venezuela del dominio español, con tanta furia en la pelea como magnanimidad en la victoria, en una carrera de caballo que duró dieciséis años. En parada solemne fue escoltado el cadáver por las calles más nobles de Nueva York, desde el cuartel del regimiento de Milicias al muelle de donde, al son de los cañonazos funerales, lo transportó una lancha de vapor al buque de guerra que, por decreto del Congreso de Washington, llevaba los restos del héroe á Venezuela. Abría la parada la policía a caballo; la mandaba desde un coche, envuelto en su capa militar y con la muleta caída á un lado, el general Daniel Sickles, el que ganó la batalla de Gettysburg de una pujante arremetida; seguía la artillería, con sus obuses relucientes; la marina, de bayeta y cuero; la caballería, de amarillo y azul; la tropa de línea, sobria; la milicia, con colores y galas; una guardia de honor, gris; una escolta de oficiales mayores, con sombreros plumados y espadines de oro; otra de veteranos, con las mangas vacías prendidas al pecho. Las músicas vibraban. Las damas venezolanas saludaban el séquito con sus pañuelos, desde un balcón. Las aceras estaban llenas de curiosos. A la cabeza de los húsares iba Sheridan, el que de un vuelo de caballo cambió la fuga de sus escuadrones en Victoria. Presidiendo la comitiva iba Sherman, el que acorraló sobre sus últimos reductos al Sur exangüe. Cerraba el séquito doble hilera de coches, con los comisionados de Venezuela y los del Municipio, los ciudadanos prominentes que dispusieron estas honras, representantes de Boston y de Brooklyn, magistrados y generales, ministros y cónsules, neoyorkinos e hispanoamericanos. Aquella música heroica, aquel estruendo de cureñas, aquel piafar de la caballería, aquellos uniformes galoneados, aquellos carruajes de gente civil, eran cortejo propio del que con el agua al pecho y la lanza en los dientes salió de los esteros del salvaje para ganar, en la defensa de la libertad, los grados y riquezas que otros ganan oprimiéndola, y morir al fin recomendando á sus compatriotas que, "como no sea para defenderse del extranjero, jamás toquen las armas". En una caja amarilla, como su pabellón, iba el cadáver, con las coronas de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, del Consulado de Santo Domingo, del 7o Regimiento, del fiel amigo Bebus, y una espada de flores, y la corona de los cubanos. "Cerca, mi Dios, de tí"! tocaba la banda a un lado del muelle, cuando iba él. Ataúd del féretro a la lancha, en hombros de ocho marinos. En fila la caballería, la artillería, las milicias, la tropa de línea. El cañón, de minuto en minuto. Todos los sombreros en las manos. Aquellos honores eran eco del asombro con que los Estados Unidos oyeron contar, y leyeron en libros y diarios ingleses, las proezas del llanero épico que con el decoro y hombría de su trato supo más tarde, en su destierro de veinte años en New York,  mantener para el hombre resignado la admiración que despertó el guerrero. Sus amigos de entonces son hoy magnates de la banca, columnas de le religión, cabezas de la milicia, candidatos a la Presidencia de la República. "Aun lo recordamos", dicen, "cortés y verboso, puntual en sus citas, muy pulcro en el vestir, lleno de generosidad y de anécdotas, amigo de las damas y del baile, sin que lo de general y presidente se le viera más que en algún gesto de imperio de la mano ó en alguna centella de los ojos". ! Aun recuerdan al prócer arrogante que en las noches de invierno les contó las guerras increíbles de aquellos hombres que cargaban, como Sánchez, un cañón a cuestas; de aquellas mujeres, que decían a sus esposos, como la de Olmedilla: "prefiero verte revolcar en tu sangre antes que humillado y prisionero;" de aquellos jinetes que amansaban al amanecer al potro salvaje con que a la tarde iban dando caza, hasta contra anca, al enemigo.. Así quisieron sus amigos de antes despedir con majestad al que tantas veces les apareció con ella. Así honró á aquella lanza insaciable el pueblo que se opuso, por razones de conveniencia, á que coronara su hora.. Nadie comenzó su vida en mayor humildad, ni la ilustró con más dotes de aquellas sublimes que aparecen, con el misterio de la vida, venir a los hombres privilegiados del espíritu mismo de la tierra en que nacen. Vio la luz á la orilla del agua el que había de librar en ella ha tal Isa de caballería, como en la tierra firme. Le enseñaron con sangre, en la escuela de la señora Gregoria, la doctrina cristiana y los palotes de Palomares; cartuchos de pulpería y panes de azúcar fueron sus primeras armas, cuando sirvió á su tío el pulpero de mancebo, y por la tarde le ayuda a e sembrar el cacaotal; pasó la mocedad de peón de hato, trayendo y llevando camazos de agua caliente, para que se lavase los pies el capataz de pelo lanoso que no veía con gusto su cabello rubio: á lomo pelado, sin más riendas que las crines, salió a la doma del potro salvaje, rebotando, mugiendo, salvando quebradas, echado al cielo, volando; escarmenaba cerdas para los cabestros o echaba correas a la montura, en los pocos ocios que le permitía Manuelote, sentado en un cráneo de caballo ó en la cabeza de un caimán, que eran allí los únicos asientos; "yo no le pregunto si sabe nadar", le decía Manuelote; "lo que le mando es que se tire al río y guíe el ganado;" su comida era un trozo de la res recién muerta, asada al rescoldo, sin pan y sin sal, y el agua de la tapara la bebida, y la cama un cuero seco, y el zapato la planta del pie, y el gallo el reloj, y el juez la lanza; cantó á la puerta de su novia, en los domingos y las fiestas, aquella poesía selvática y profunda que suele interrumpir el rival celoso con otra poesía, y luego con la muerte; y de pronto, así como los llanos chamuscados y sedientos, albergue sólo del cocodrilo moribundo y de la víbora enroscada, surgen a las primeras lluvias cubiertos de lozanía, fragancia y verdor, y el potro relincha, y el toro renovado se encela, y cantan los pájaros, esmeraldas aladas, y todo entona con estallidos y chispazos el venturoso concierto de la vida, así el alumno de la señora Gregoria, el criado de la pulpería, el que traía y llevaba los camazos, pone el oído en tierra, oye a lo lejos, convocando al triunfo, los cascos del caballo de Bolívar, monta, arenga, recluta, arremete, resplandece lleva caballo blanco y dormán rojo, y cuando se le ve de cuerpo entero, allí está, en las Queseras del Medio, con sus ciento cincuenta héroes, rebanando enemigos, cerrándolos como en el rodeo, aguijoneando con la lanza, como ha ganado perezoso, á las hordas fatídicas de Morales. Pasa el río; se les va encima; los llama a pelear; les pica el belfo de los caballos; finge que huye se trae a las ancas toda la caballería.. "!Vuelvan caras!" dice, y con poco más de cien, á la luz del Sol, que volvió a parar su curso para ver la maravilla, clavó contra la selva a seis mil mercenarios, revueltos con el polvo, arrastrados por sus cabalgaduras, aplastados por sus cañones, caídos sobre sus propios hierros, muertos antes por el pavor que por la lanza! Así venció en su primera pelea formal, en la Mata de la Miel; así en la última, trece años después, cuando aseguró la independencia del continente en Carabobo. "! A vengar mi caballo!" dijo en la Mata, y se trajo sin jinetes, porque á lanzazos los sacó de las sillas, todos los caballos de López! "! A vengar a mi negro Camejo!" dijo en Carabobo; carga con sus seiscientos, gana la rienda y rompe al enemigo, vuelve con todas "las lanzas coloradas" y es libre la América. Tres años sirvió de soldado durante la primera guerra, y cuando en sus filas no había llegado más que á sargento, en las del enemigo, triunfante en 1813, lo querían para capitán de caballería. ¿No era él quien desmontaba en un encuentro treinta jinetes? ¿El "tío", el "compadre", el "mayordomo" de los llaneros? ¿El que por generoso los deslumbraba, y por astuto, y por fuerte? ¿El que veía de una legua, clavaba de un saetazo a al puerco montés, domaba el potro con mirarlo fijo, volcaba al toro de un tirón de cola? Pero él se escurre por un lado del monte, á ser capitán de los patriotas, que á poco se le cansan, y ya no son más que veinte, y luego dos, y luego él solo. Le quitarán la espada con engaño; porque frente a frente, ni el pueblo entero de Canaguá se la quitaría! Lo cargarán de grillos en Barinas! a mí los más pesados!" Lo habrían matado de noche, como a todos los presos, á lanzazos, si con sus ruegos y los de un amigo no ablandase el corazón del carcelero, que le quitó los hierros. ¿A dónde irá ahora Páez? ! A buscar su caballo y sus armas, para venir, él solo, a rescatar a sus compañeros! "!Quién vive!" le grita la guardia.. "El demonio, que pronto vendrá a cargar con ustedes!" Vuelve riendas. "[Adelante!" grita á un batallón invisible. La guardia se echa por tierra. De un planazo se concilia al alcalde dudoso. Saca libres a ciento quince presos. Abre otra cárcel, llena de mujeres. Y sin más. Compañero que un gallardo español que no le conoce, y á quien dará después su bolsa, como para castigarse por haber pensado en cobrar en él toda la ofensa de que viene lleno, sale otra vez, sin aceptar el sacrificio cierto del pueblo de Barinas, que lo aclama por jefe, á levantar el ejército allí donde la libertad está, más segura que en las poblaciones, en los llanos. En los llanos, leales al rey, pero él levantará ejército! Sus primeros soldados son cinco realistas que le intiman rendición. Luego saldrá al camino, puesto en apuros para demostrar a los cinco reclutas cómo es verdad que tiene por lo cercano una compañía, que nunca llega; topa con una banda de indios; los aterra; los hace echar al suelo las flechas; con todas ellas y los arcos ata un haz; y se lo lleva á la espalda, y entra en el pueblo con los indios presos. Con los llaneros que desprecia Carda de Sena organiza en Mérida su primera compañía: con los prisioneros de su teniente en Banco Largo monta los "Bravos de Páez": con el aguardiente y su palabra enardece de tal modo á los indios de Canabiche, temerosos de la fusilería, que los indios, transfigurados, se pican la lengua con la punta de la flecha, se embadurnan el rostro con la sangre que les sale de la herida y mueren abrazados á las cañones. Cuando no tiene más, sale a campaña con tres lanzas y un fusil; pero si quiere caballos para la gente que se le allega, ¿no van montados los realistas? si le faltan barcas con que defender el río, ¿para qué están las flecheras españolas, que huyen a cañonazos, corriente arriba? por eso escogió Páez de pinta rucia los caballos de Sus mil llaneros, porque los rucios son buenos nadadores. Ni, los hombres, ni las bestias, ni los elementos le habrán de hacer traición; porque él, que al empezar la pelea cae a veces sin sentido de la silla por la fuerza con que le acomete el deseo de ir a recibir los primeros golpes; él, que en cuanto se ve solo ataca, y en cuanto ataca vence; él, que cegado por el combate se va detrás del enemigo con un niño por único compañero, mientras su tropa se queda atrás entretenida con el botín; él, que arenga a sus lanzas de este modo, en la Mata de la Miel: '" al que no me traiga un muerto lo paso por las armas I;" él no humillará jamás á un bravo, ni se ensañará contra el vencido. Al pujante Sánchez sí lo sacará de la montura en el asta de la lanza, y como que. Cuando lo tiene en tierra bajo la rodilla, "prorrumpe en palabras descompuestas é impropias del momento en que se hallaba," lo rematará de otro lanzazo; pero cuando un patriota sanguinario deshonra sus armas descabezando prisioneros indefensos, "ya al caer la quinta ", no puede contener la indignación que le sofoca; para al bárbaro; acude á su superior; defiende a los prisioneros delante de la tropa. '" No; ni la más estricta obediencia militar," escribió luego, "puede cambiar la espada del soldado en cuchilla del verdugo I" Así iba ya, de jefe suelto, algo más libre que al principio da jefes torpes y rivales celosos, á la cabeza de su gente de lanza que le adora, que le para el caballo para pedirle lo que quiere, que le quita de las manos la lonja de carne que se lleva á la boca. Van por los. Ríos de noche, voceando para ahuyentar los caimanes; por los esteros cenagosos, sacando á pujos de brazos su animal ahogado; por los llanos encendidos, entre brotes de llamas, turbiones de humareda, bocanadas de polvo. No hay más comida que la res que matan; y los soldados, sin sombrero y vestidos de pieles, se apean, lanza en ristre, á disputarse el cuero fresco. La banda sigue al paso, afilando al chuzo de albarico, asegurando al astil con correas de cuero la cuchilla floja. Páez va delante, "descalzo y maltratado de vestido," con unas calzas de bayeta roídas hasta media pierna. Cruzan los ríos con las armas y la montura á la cabeza; al que no sabe nadar le hacen bote de un cuero; si la carga es mucha, con tiras sin curtir recogen los bordes de una piel, echan dentro lo pesado, y al agua van, con su caballo de una mano y la cuerda en los dientes. Al salir á un yagual, descubren a un hombre acuclillado, con las manos en la maraña del cabello. Con la mirada fija .en tierra; tiene a los pies, mondados, los huesos de su propio hijo. De cuando en cuando se encuentran, colgadas en una jaula ö clavada en una escarpia. La cabeza de un patriota frita en aceite; un día, después de vencer, desclavan la cabeza de Aldao, y sale volando un pájaro amarillo, como su bandera, que tenía allí su nido' ¿Qué es Monteverde, qué es Calzada, qué es Correa. Qué es Latorre, qué es Boves, qué es Morillo? Cuando aun tienen su plan en el cerebro, ya Páez está á sus talones deshaciéndolo. Adivina todas las vueltas y ardides del español y calcula con exactitud los movimientos que deben nacer de sus defectos y virtudes. Obedece a sus presentimientos, y se salva. Al azar nada fía y 10 prevé todo antes de empeñar el combate; pero ya en él, no pierde un gesto.. Improvisa recursos singulares en los instantes más comprometidos. Engarfia al más astuto. Siempre le ocurre lo que el enemigo no puede prever. Lleva la carne muerta de tres días, para que no lo delaten los buitres que caen sobre la matazón reciente. Cada encuentro le enseña el modo de vencerlo. Su estrategia es original, pintoresca y sencilla. Sobresale en simular un ataque, y vencer con otro; en fingir fugas de caballería, partir las fuerzas que le dan caza, y revolver con toda la gente sobre la una,

Y luego sobre la otra; en sacar al campo al enemigo, de modo que la infantería lo envuelva; en decidir una batalla dudosa con una inesperada acometida. !Qué peleas, hará}o a brazo, la de la Miel, la de los Cocos, la de Mucuritas, la de las Queseras, la de Carabobo I Aquellos mil hombres parecen un solo hombre: se tienden por la llanura, galopan al mismo son, ondean como una cinta, se abren en abanico, se forman en una sola hilera, se repliegan anca con anca, desbocase en cuatro bandas, para revolver á una sobre el enemigo dividido; vuelven á escape del triunfo, sacudiendo las lanzas en alto. No eran aún más que cien, allá por IHq, X ya Páez se iba á citar á combate con baladronadas al jefe realista ...El jefe vencido se echaba al río y Páez se echaba tras él, cruzaba el río antes y lo esperaba á la otra orilla, para perdonarlo. Se les caen al suelo los potros moribundos y la pelea sigue pie á tierra. Va á venir por aquel lado el español; y lo aguardan hora sobre hora, tendidos sobre los cuellos de los caballos. Los apura el contrario numeroso y pasan la noche en el estero. Vienen á cazarlos con harcas y ellos se echan al agua, se acercan á la borda, se zabullen en cuanto luce la mecha del callón, pican con el asta el pecho de los artilleros, toman desnudos, lanza en mano, las flecheras desiertas. Se prepara Morillo, con el favor de la noche, á echarles encima sus fuerzas mayores; y Páez, que no sabe de Aníbal ni de sus dos mil hueves, ata cueros secos á la cola de cuatro caballos, y á la vez que echa al aire un tiroteo, lanza á los brutos desesperados sobre el campo español, que presa del pánico levanta tiendas. Si el viento va detrás del enemigo, incendia la sabana, y en medio de fuego espantoso, entre columnas de humo y lenguas de llamas, carga catorce veces la caballería. A Puerto Cabello, entretenido en maniobras falsas, lo asalta de noche á caballo por el mar, y lo toma. Y cuando en IHIH, horas después de abrazar por primera vez a Bolívar, quiere el héroe, impaciente, vadear el Apure, burlando las cañoneras españolas del Copié, "yo tomaré las cañoneras", dice Páez: sus bravos se desnudan y se echan al río con los caballos en pelo y la lanza en la boca; nadan con una mano y con la otra guían a su cabalgadura; llegan a las cañoneras, saltan del agua al lomo, del lomo a la cubierta, de la cubierta a la victoria! Suyas son. Bolívar, vencedor, pasa el Apure. Grande era Páez al resplandor de las llamas de San Fernando, incendiado por sus propios habitantes para que Morillo no pudiera hacer de él fortaleza contra los patriotas; grande en los llanos, cuando, ijar contra ijar, con luces émulas centelleándoles los ojos, iba su caballo blanco al lado del potro rucio de. Bolívar; grande en las Queseras, tundiendo á los de Morales con el cuento de la lanza, cuando, de herir á los seis mil con sus ciento cincuenta, ya se le había embotado al hasta el filo; grande en Carabobo, cuando, señalándose al contrario por su penacho rojo, que acude de sus infantes abatidos á su caballería desordenada, ve venir al "primero" de sus bravos, al negro Camejo cuyo caballo, muerto como su amo, cae de rodillas a sus plantas; de un vuelo del brazo cita á los jinetes que le quedan, y cuando un realista compasivo lo levanta del síncope que lo ha echado por tierra, del poder de España en la América no quedan más que los cascos, rojos por la sangre que empapa la llanura, de los 'caballos de Valencey y de Barbastro! Pero el llanero criado en el mando de su horda omnipotente jamás fue tan grande como el día en que de un pueble lejano mandó llamar al cura, para que le tomase, ante la tropa, el juramento de ser fiel á Bolívar; ni aquel guerrero, saludado durante dieciséis arios á la entrada de los caminos por las cabezas de sus tenientes en la picota ó la jaula, venció nunca tanto como el día en que, roto con honor el último acero de España en Puerto Cabello, ni la humilló, ni se vengó, ni le colgó en jaulas la cabeza, ni la clavó en picas, sino que le dio salida libre del castillo, á tambor batiente y bandera desplegada. ¿Podrá un cubano, á quien estos recuerdos estremecen, olvidar que, cuando tras dieciséis años de pelea, descansaba por fin la lanza de Páez en el Palacio de la Presidencia de Venezuela, á una voz de Bolívar saltó sobre la cuja, dispuesta á cruzar el mar con el batallón de "Junín", "que va magnífico", para caer en un puerto cubano, dar libres á los negros y coronar así su gloria de redentores con una hazaña que impidieron la sublevación de Bustamante en el Perú, á donde Junín tuvo que volver á marchas prontas, y la protesta del Gobierno de Washington, que "no deseaba cambio alguno en la condición ni en la posición política de Cuba?" Bolívar sí lo deseaba, que, solicitado por los cubanos de México y ayudado por los mexicanos, quiso á la vez dar empleo feliz al ejército ocioso y sacar de la servidumbre, para seguridad y adelanto de la América, á la isla que parece salir, en nombre de ella, á contar su hermosura y brindar sus asilos al viajero cansado de la mar! Páez sí lo deseaba, que al oír, ya cano y viejo, renovarse la lucha de América en la isla! volvió a pedir su caballo y su lanza!! Oh. Llanero famoso! tú erraste luego, como yerra el militar que se despoja, por el lauro venenoso del poder civil. De la corona inmarcesible que los puebles tributan á sus héroes desinteresados; tú creías tener razón para olvidar el juramento que empeñaste al cura; tú te dejaste seducir por el poder, cuyo trabajo complicado exige las virtudes que más se quebrantan en la guerra; pero jamás fuiste cruel, ni derramaste para tu provecho la sangre de los tuyos, ni deprimiste, para mantener un falso engrandecimiento, el carácter de tus conciudadanos! Donde quiera que estés, duerme! Mientras haya americanos, tendrás templos; mientras haya cubanos, tendrás hijos!

José Marti

Hugo Chávez tildó de traidor a Páez sin mostrar las pruebas. Cuando en realidad ellos, Chávez y Maduro en el lugar de Páez se hubieran entregado como mansos corderitos a la hegemonía que ejerce la oligarquía neogranadina de la gran Colombia. Lo que impulsa a Chávez tratar de traidor a Páez, no es un estudio profundo de la Historia, sino una intoxicación de medicamentos para contrarrestar el cáncer y la ideologización marxista que ya calaba profundamente en su cuerpo y alma. Ya había pronunciado su famosa frase que ASUMO EL MARXISMO, dejando atrás el Socialismo del Siglo XXI, que había que construir, porque el Marxismo ya todo está dicho y hecho. Según Chávez, la separación de Venezuela de la gran Colombia, es la traición cometida por Páez, como si en aquellos tiempos existiera una democracia y comunicaciones como existen hoy día para poder resolver los asuntos de la nación. Como Bolívar se llevó el gobierno de la Gran Colombia a Bogotá, allí dominaba la oligarquía, tenía el control de gran parte del gobierno, Bolívar gobernaba como dictador al fracasar la reunión de Ocaña en donde se iba a constituir la republica de derecho, porque hasta el momento era de hecho, por la espalda. Lo que fue la capitanía general de Venezuela, había sido reducida desde Carabobo a Caracas, dejando como gobernador al triunfador de Carabobo. Si hubiera sido Chávez o Maduro, hubieran corrido apresurados a entregarse a Santander y al Congreso para ser juzgado y permitir que la Oligarquía Neogranadina acabarán como el máximo líder de Venezuela del momento. Los adoradores de Marx, el mismo que trato de cobarde y criminal a Bolívar, acusan de traidor a Páez porque no se entregó a Santander. Como Chávez producto de la intoxicación medica e ideológica lanzo esa infamia contra Páez, sus sucesores incapaces de producir ideas propias, de estudiar y sacar sus propias conclusiones repiten como una sentencia divida la infamia de Chávez contra Páez. Como hizo contra Bolívar y Cristo al calificarlos como los primeros socialistas. El Marxismo nace de la financiación de la Banca Judía Británica, los mismos creadores del capitalismo y al cual le sirven fielmente como la disidencia controlada.

Felipe Torrealba   

@Felitorr935

 
 
 

__._,_.___

Enviado por: "Abajo Cadenas" <acp@abajocadenas.com>
Responder mediante la Web Responder a remitente Responder a grupo Crear un tema nuevo Mensajes con este tema (1)
=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0
&quot;Ni un milimetro m€ás de territorio Venezolano a Colombia, todo el Golfo es de Venezuela&quot;. Las conversaciones con Colombia sobre delimitaciones fronterizas deben incluir la revisión de todos los tratados anteriores, porque hoy día se sabe que los mismos estuvieron viciados de núlidad, porque los mismos se produjeron por Jueces que obedec€  ían más a los intereses de las potencias Coloniales que la Justicia.

Debemos de estar en conocimiento: que el Acta de Castilletes- suscrita el 29 de abril de 1900, por la comisión mixta de demarcación, que dio inicio, a toda la delimitación fronteriza terrestre con Colombia... Desde la región de la -Guajira-, hasta la Piedra del Cocuy- en el estado Amazonas, ordenada esta: en ejecución de sentencia por el Laudo Español de 1.891-.

Admitió: iniciar la demarcación, en un hito natural  distinto como es la  -Meseta de Castilletes-, al hito natural fijado de Derecho por el Laudo Español de 1.891-, como es el hito de los Mogotes de los Frailes-. Alteración esta a la letra del referido Laudo,.. confesado por los demarcadores, ante la manifestación de imposibilidad física, de encontrar en el campo, este último hito mencionado. Hito asumido este de la Meseta de Castilletes-, que además de  -no- ser mencionado por el Laudo Español de 1.891 en su sentencia-, ni por el Acta de Sinamaica de 1.792-, del cual sus puntos geográficos sirvieron de referencia.

http://felipe-torrealba.org
http://www.abajocadenas.com

.

__,_._,___